“La Primera Vez”

“La Primera Vez”

Por: Karlof Lagarde

 

La mano de Gilberto temblaba.

Temblaba como aquella vez, la primera vez que su corazón le obligo a acercarse a ella. Años de estar en el mismo salón, años de ignorar las multiplicaciones para dibujar su rostro, años de irse acercando lentamente hasta por fin lograr sentarse detrás de ella en la clase, años esperando el momento de poderla tocar, y eso jamás hubiera sucedido si en aquel momento el lápiz no se hubiera resbalado de sus manos. Clase de Matemáticas, diez minutos para terminar y fue entonces cuando sucedió, lentamente fue descendiendo, aterrizó y comenzó a girar hasta llegar a sus pies, los de ella, quien con toda la naturalidad de una bella jovencita de secundaria, lo tomo entre sus manos y sin mayor esfuerzo volteo para regresarlo a su dueño; tu lápiz (dijo ella), grz (dijo él), quiso decir gracias pero el nervio lo carcomió, aquella fue la primera vez que miro sus ojos. Kinder, primaria y no fue si no hasta segundo grado de secundaria que logro tener su rostro de frente. Le hubiera encantado tomarlo entre sus manos, acariciarlo sutilmente, aproximarse a su oído, decirle en secreto cuanto la amaba y seguir la ruta mejilla-labios que siempre concluye  con un beso, pero no, quedarse con cara de idiota, emitir ese sonido gutural similar a un gracias y tomar el lápiz con su temblorosa mano que por un microsegundo rozo la de ella, fue todo lo que logró. Ella, era su primer amor. Uno no elige a quien amar, es el maldito corazón quien se encarga de realizar el castintg y la elección. A Gilberto le hubiera fascinado enamorarse de otra, de alguien menos popular, menos bella, menos asediada, más sencilla, más accesible, más parecida a él. Pero también le hubiera fascinado, mucho más, poderla tener.

 

Ese día quedaría retratado a colores y high definition en su mente. El recipiente encargado de acumular el amor no es de alta capacidad, se desborda fácilmente, o lo drenas o terminaras ahogado. El de Gilberto, estaba por sobre pasar el límite, el valor no le alcanzaba, el gusto por ella le sobraba. Una semana larga y desgastante transcurrió para que el valor requerido fuera absorbido por él. Llegó el receso, no quiso perder mas tiempo, su mano comenzó a temblar, inicio el camino, se poso frente a ella y con una voz apenas perceptible, dijo: Andrea ¿Quieres ser mi novia?, ¿Qué?, ¿Qué si quieres ser mi novia?, ¿Yo?, Si, Tu, No. Un NO a secas, sin explicación alguna, sin tratar de suavizar el rechazo, sin mentir un poco, sin dejar resabios de esperanza, así fue su No.

Gilberto no volvió a declararle su amor a nadie.

 

La mano de Gilberto temblaba.

Temblaba como aquella vez, la primera vez que se harto de ser el blanco fácil de las burlas, las bromas y lo golpes. El tiempo como siempre lo ha hecho siguió su curso. Aquella etapa de secundaria quedo atrás, Gilberto ahora estaba en la preparatoria. Cambio el plantel, pero él seguía siendo el mismo, retraído, asocial, diferente a todos, hundido en su mundo de sueños, poesía y colores, un genio en cualquier materia, siempre conviviendo con su soledad. Gilberto, estaba acostumbrado, hojas en blanco vueltas un proyectil y estrellándose en su nuca, cuatro sillas a la redonda vacías, nadie nunca quería estar a su lado, gritos de su nombre seguidos de ofensas a diestra y siniestra, bulla generalizada cada vez que levantaba la mano para responder a una pregunta, incrementa cuando por enésima vez conocía la respuesta. Todo era normal, parte de su periódico itinerario, llego a creer que un día sin ser ofendido era un día atípico. Pero todo tiene un limite, no es fácil colmar el recipiente de la paciencia, mucho menos en Gilberto, el suyo era enorme, gigantesco para ser exacto, era capaz de soportarlo todo, odiaba las confrontaciones, rehuía a los enfrentamientos, le fastidiaban las discusiones, pero nada es para siempre.

 

Aquel día se archivaría por siempre en su videoteca mental. Sergio, personaje imprescindible en todo salón, bien parecido, popular, sociable, estudiante regular, carimástico con los profesores, asediado por las chicas y el líder de la pandilla del salón, siempre con un objetivo, hacer de los días de Gilberto, algo inolvidable, negativamente inolvidable. Era su mente la encargada de fraguar cada una de las bromas dirigidas hacia él. Aquel día no sería del todo típico, a pesar de comenzar como tal. Hola idiota (acompañado de un golpe en la cabeza) recibimiento ritual de Gilberto. Era después del tercer descanso del día que se llevaba a cabo la broma diaria, quemarle el cabello, poner un chicle en su asiento, llenarle de pintura la ropa, escupir su desayuno, etc, etc. Entraron del descanso y ya todo estaba listo, el día de hoy tocaba esconder un ratón en su la mochila, por todos era conocido su temor a los roedores. Aquélla vez se negó a realizar la disección. Sonó la chicharra, las miradas expectantes se volcaban sobre Gilberto, todos esperaban ver su cara de pánico como aquella vez que por equivocación un rata entro en el salón. Saquen sus cuadernos (dijo el profesor) acto seguido un grito despavorido se escucho,  proveniente de la garganta Gilberto. Los alumnos estallaron en risas, inclusive el profesor sonrió. Pitazo inicial a la burla general. Gilberto encolerizó, su mano comenzó a temblar. Fuiste tu, ¿Quién yo?, Si, Tu, ¿Y qué vas a hacer? Se abalanzó sobre Sergio, lo tacleó, se poso sobre él y justo cuando el segundo puñetazo estaba por impactar su rostro (el de Sergio), una marejada de manos y piernas se impactaron sobre él (sobre Gilberto). Una semana requirió su total recuperación.

No volvió a hacer frente a sus verdugos, opto por claudicar.

 

La mano de Gilberto temblaba.

Temblaba como aquella vez, la primera vez que se interpuso entre el puño de su padre y el rostro e su madre. La constante en su escuela siempre fue la humillación, ahora en la Universidad, eso quedaba atrás, alumno sobresaliente con un futuro prometedor, el mejor, por lo cual todos querían hacerlo caer. Nunca se adapto, y nadie veía en él a un amigo, era el enemigo de todos, el enemigo a vencer, el que allá afuera en el mundo real  les robaría cada uno de los empleos disponibles. En parte era su culpa, por ser apto y capaz. La escuela nunca fue su sitio preferido, pero siempre fue mejor que casa. La constante en su casa, la sumisión de su madre, el alcoholismo de su padre, la ira de su padre, el lamento de su madre, la cara cicatrizante de su madre, los nudillos inflamados de su padre. Los cuentos no fueron el método más usual para hacer que el pequeño conciliara el sueño, desde que tiene memoria, el llanto de su madre le arrullo noche tras noche. ¿Por qué lloras mamá? ¿Te volviste a caer de las escaleras? ¿Dónde está papá? ¿Ya fuiste al doctor? ¿Ya llego papá? ¿Te volvió a pegar? ¿Por qué lo permites? ¿Cuánto más vas a soportar esto? Vamonos, vamonos, larguémonos, ya. Mamá no seguía los consejos de su primogénito, el  único de sus hijos. Esa mentira de la caída nocturna por las escaleras pronto dejo de ser verosímil, conforme crecía se percataba de todo, en ocasiones incluso ante los gritos de rabia por parte de él y de dolor por parte de ella, se deslizaba pecho tierra hasta llegar a su puerta, la abría un poco, solo un poco, para observar desde gayola la obra que continuamente se representaba en su sala, su cocina, el cuarto de sus padres, el baño, la escenografía rotaba, la trama se mantenía intacta desde hace años. El recipiente encargado de albergar el odio, esta manufacturado con un material flexible, tan flexible como extraño, se ensancha y se contrae, se infla hasta parecer un zeppelín y al segundo siguiente se libera de todo mal y reduce a prácticamente nada. Al principio, se escondía bajo las sabanas y tapaba sus oídos con la almohada, para evadir la realidad, esa realidad que tanto le atormentaba, esa realidad que traspaso la tela y el algodón e invadió cada centímetro de su agonía y su oscuridad. Temía, se escondía, se sobresaltaba, pensaba, se molestaba, apretaba la quijada, cerraba sus puños y los impactaba con lo primero que se le cruzara por el camino, la cama en el mejor de los casos, la pared en el peor de los escenarios.

Aquel día se quedaría aferrado a su mente como si se hubiera tallado en alto relieve dentro de las paredes de su cráneo. Sabes que cuando llego a la casa quiero la mesa servida, ¿Te cuesta tanto entenderlo?, ¿Eh?, Vieja imbécil, Perdón, Ahora mismo te sirvo viejo, ¿Qué vas a querer?, Pues que va a ser, Que es lo que siempre tragamos en esta casa, Frijoles, Pues es que a veces no se puede más, Todo sube, El dinero no alcanza, Ahora soy yo el culpable de que en esta cama solo haya frijoles y tortillas duras, ¿Eh?, ¿Eso quieres decir?, No, Es que, Yo. El mismo guión desde hace años, escena siguiente, agresión física sobre la protagonista. El recipiente del odio termino por reventar. Sus puños se cerraron, lo había presenciado todo desde su cuarto, su quijada se apretaba cada vez más, su mano comenzó a temblar. Rápidamente bajo las escaleras, y al grito estridente de ¡YA¡ Corrió hacia su padre, detuvo su puño antes de que contactara a su madre, lo miro de frente con un semblante desencajado, parecía poseído, poseído por la rabia de un animal salvaje. ¡Te odio! Exhaló. Una escena nueva estaba por agregarse a la obra, el leñador estaba por arrojarse sobre el lobo feroz cuando un grito le disuadió, ¡Hijo no, es tu padre! A su padre no le importo que fuera su hijo, apenas se descuido, comenzó a propinarle una golpiza que dejo como una simple sacudida aquélla golpiza de la preparatoria.

No volvió a confrontar a su padre, no volvió a socorrer a su madre.

 

El recipiente que alberga la desolación, no es más que un gotero, hacen falta, dos, tal ves tres gotas para atiborrarlo. Cuando se colma, no hay nada que detenga su detonación.

 

La mano de Gilberto temblaba, temblaba como todas aquellas veces que decidió actuar, venciendo al miedo, desbordando sus emociones y dejando de lado su tranquilidad. Como todas aquellas veces que intento cambiar el curso de las cosas para solo experimentar un fracaso más.

La mano de Gilberto temblaba, temblaba porque esta era la primera vez que tenía un arma en su mano, un revolver entre sus dedos..

Temblaba porque era la primera vez que intentaría llenar su cabeza de plomo, arrancarse la vida y suprimir su miserable existencia.

Gilberto no volvió a intentarlo, lo consiguió.

3 comentarios por mucho »

  1. 1

    Peter escribió,

    Me gustó. Creo que el autor escribió un drama aunque le salió comedia, no se si voluntaria o involuntariamente pero me hizo reír bástate.

  2. 2

    Celia Niño escribió,

    a que Gilberto ja!
    pues a mi no me hizo reir tanto pero si un poco, esque soy más sensible, pero en fin!
    gracias Karlof (con K, chiste local jjaja) por tu publicación, ahora solo me encataria saber quien eres y seguri leyendote por aqui :)
    un abrazo!

  3. 3

    Celia Niño escribió,

    a que Karlof LaGrande jajajaja!
    asi como te dije, nada sorprendete jaja! es bueno, pero te conosco cosas mucho mejores…
    bienvenido a la FEFA


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